Vender una página web nueva es fácil cuando las páginas web son tu producto. Pero a veces empezar de cero es precisamente la solución equivocada.
Una web puede parecer antigua sin estar técnicamente mal.
Puede ser bonita y, aun así, generar muy pocas solicitudes.
Puede ser lenta por un único problema que se podría resolver en una tarde.
O quizás la página web ni siquiera sea el verdadero problema.
Por eso preferimos no empezar dando por hecho que hay que reemplazarlo todo.
Primero entendemos lo que ya funciona
Antes de sustituir algo, queremos entender qué está haciendo bien su trabajo.
¿La tecnología está en buen estado? ¿Las personas encuentran lo que buscan? ¿La marca todavía representa a la organización? ¿El mensaje está claro? ¿Dónde abandonan los visitantes? ¿Cómo se gestiona la web? ¿Y qué ocurre después de que alguien se pone en contacto?
Esta última pregunta se olvida con sorprendente facilidad.
Una página preciosa sirve de poco si después las solicitudes se pierden dentro de un proceso desorganizado.
Mejorar puede aportar más que reemplazar
A veces una organización realmente necesita una nueva página web.
Pero otras veces basta con una estructura mejor. Nuevos textos. Un camino más claro hacia el contacto. Una reparación técnica. Mejor rendimiento. Formularios mejores. Una integración con un sistema que ya existe.
Quizás eso produzca un proyecto más pequeño.
No tenemos ningún problema con eso.
El objetivo no es construir todo lo posible. Es construir lo necesario.
Tu página web no vive aislada
Una web forma parte de un entorno digital más amplio.
Tu marca, correo electrónico, procesos, sistemas, automatización, alojamiento y las personas que trabajan con todo ello influyen en el resultado final.
Por eso miramos más allá de la pantalla.
A veces construimos algo nuevo. Otras veces hacemos que lo que ya tienes funcione como debería. Ambas cosas pueden ser progreso.